
El valor condicional
Crecí en un entorno donde nunca faltó lo esencial. Mis padres hicieron un gran trabajo dándome una base sólida. Sin embargo, fuera de casa, y a veces dentro de ella, el mundo se encargó de instalarme un software: el de la comparación constante.
La voz que le dio vida a mi inseguridad fue la más cercana:
“¿Por qué no sacas las calificaciones que ellos?”, “¿Por qué a ellos sí los premian y a ti no?”, “¿Por qué no puedes ser como ellos?”.
Esas preguntas, aunque seguramente nacidas del deseo de verme triunfar, sembraron en mí una idea peligrosa: que mi valor era condicional. Aprendí que no bastaba con ser bueno; había que ser mejor que el de al lado para ganar el orgullo de quienes más quería.
La carrera sin meta
Luego, el sistema educativo formalizó este pensamiento. Fue una confirmación de que la vida era una carrera con una tabla de posiciones. Compite, destaca, supera.
Lo irónico es que, durante mucho tiempo, ni siquiera fui bueno ganando esos trofeos que no quería. No hubo medallas de excelencia ni cuadros de honor. Me gradué con un título universitario y, aunque fueron años de estrés y obtuve la satisfacción genuina de haberlo ganado por el esfuerzo que me costó, la sensación de insuficiencia seguía ahí. Realmente solo llené un "check" en una lista de deseos que no era mía.
El bug de la acumulación
No fue hasta que entré al mundo laboral que sentí, por fin, que las piezas encajaban. Cuando empecé a ganar más dinero que muchos de los que alguna vez fueron “los mejores”, sentí que finalmente los había superado. El salario se convirtió en mi primer trofeo real, el único que el sistema no podía cuestionar. Por fin, la competencia tenía un marcador claro y yo iba ganando.
Ese triunfo momentáneo hizo que el dinero se volviera mi mundo, pero pronto mutó en algo más oscuro: se convirtió en mi refugio ante la incertidumbre. En un mundo que siempre me hizo sentir insuficiente, acumular se volvió mi manera de construir una armadura. Pero caí en una trampa circular: cuando no tengo lo suficiente me invade la ansiedad y el miedo, pero cuando lo tengo, me siento igual de mal porque la meta siempre se mueve. He vivido bajo la dictadura de un número, creyendo que la paz mental se compra.
Incendios compartidos
Esta búsqueda ciega de seguridad tiene víctimas colaterales. En medio de este ruido, quiero pedirle perdón a mi pareja. Sé que mi indecisión, mis sombras y el martirio de no saber qué sueños seguir han sido una carga pesada para ella. No es fácil caminar al lado de alguien que todavía está tratando de apagar incendios internos, y lamento profundamente que mi falta de claridad nuble a veces nuestro presente.
Gracias por la paciencia mientras intento separar lo que soy de lo que me dijeron que debía ser.
El feed de la insuficiencia
Antes me comparaba con mis compañeros de clase. Hoy mi cerebro intenta competir con la vida filtrada de alguien más. El algoritmo sabe que nada nos mantiene más pegados a la pantalla que la envidia o la sensación de que nos falta algo. Es por esto que me interesó crear mi propio espacio: para exponer la realidad detrás de lo que filtramos. Que sepan que no están solos cuando tienen problemas, miedos e inquietudes.
Rompiendo la simulación
A mis 22 años tomé mi primer vuelo; para algunos esto llega antes, para otros quizás nunca llegue. En mis viajes experimenté algo que no imaginé: una satisfacción genuina que no necesitaba ser validada por nadie para ser real.
Pero al volver a la pantalla, esta satisfacción se desvanece y me golpea la nostalgia de la ignorancia. Como ignorante, no sabía que había tantas cosas allá afuera hasta que las descubrí, y entonces quise más. ¿Pero lo quiero porque me haría feliz o porque el algoritmo me convenció de necesitarlo?
Si hoy borráramos las redes sociales y el ruido cesara, ¿qué quedaría en el fondo? Me aterra pensar que nos hemos convertido en un ensamble de deseos ajenos, persiguiendo un "éxito prestado" que quizá no nos guste del todo si logramos alcanzarlo.
Hard Reset: Silenciar el ruido
Hoy me detengo y me pregunto: ¿De quién es este sueño? ¿Es mío, de mis padres, del sistema o es del algoritmo? Reconozco que no tengo la respuesta y me frustra. No sé aún cuáles son mis sueños reales, pero estoy empezando por identificar cuáles definitivamente no lo son para poder, finalmente, dejarlos ir.
Quizás el camino de vuelta empieza por silenciar todas esas voces —las del pasado, las de la pantalla y las de mi propio yo que ataca constantemente— para descubrir qué queda de mí cuando nadie, ni yo mismo, me esté comparando con nadie.
Me pregunto constantemente cómo romper estas cadenas. Quisiera aprender a que el dinero sea solo una herramienta y no el arquitecto que diseña mi felicidad o mi miseria. Quiero dejar de permitir que el dinero dicte mi mundo, dejar de impregnar mi seguridad de esa negatividad y empezar a construir un valor personal que no dependa de lo que tengo, sino de quién soy cuando no estoy persiguiendo nada.